Jueves, 21 marzo 2019

25 años amando Pulp Fiction (y lo que nos queda)

Violenta, cruda, hiperbólica. En ocasiones, atroz. También icónica y fascinante. Veinticinco años han pasado desde que Pulp Fiction irrumpiese en las salas de cine para ensombrecer, parcialmente, a la primogénita Reservoir Dogs, otra obra maestra de género indescriptible que ya había noqueado a propios y extraños dos años atrás.

Su autor no era otro que Quentin Tarantino, un cineasta independiente, de corte outsider y creador de un cine sociopático que, imitando y exorcizando las películas que le embelesaron durante su infancia, consiguió crear un sello de identidad profundamente particular.

Este año, cuando Tarantino presenta su novena película, Once Upon a time in Hollywood, y se cumple un cuarto de siglo del estreno de su cinta más célebre, deslindaremos para nuestros alumnos del Máster de Creación de Guiones Audiovisuales los ejes sobre los que pivota el guion de Pulp Fiction. Esta obra le catapultó a la gloria y le granjeó, ni más ni menos, que una Palma de Oro en Cannes, un Oscar al Mejor guion original y un Globo de Oro en la misma categoría.

La concepción de Pulp Fiction fue, al igual que la recepción de la cinta, completamente inusitada. Durante tres meses, en un pequeño estudio de Ámsterdam, Quentin Tarantino ideó la historia que vendría a prestigiarle como guionista, un libreto en el que las alteraciones en la continuidad narrativa supondrían, seguramente, su rasgo más notorio.

Escrito al alimón con Roger Avary, en realidad la historia ya estaba creada desde antes de presentar Reservoir Dogs, con la que guarda innumerables conexiones.

Resucitador de obras olvidadas

De Pulp Fiction se ha hablado en términos de intertextualidad, homenaje e incluso plagio, en parte porque Tarantino es un genio del pastiche y de la resucitación de obras olvidadas, especialmente blaxploitation, asiáticas y de serie B.

Esto se traduce en la referencia constante (cuando no reproducción directa) de planos e incluso secuencias pertenecientes a otros títulos, algo notable al evocar Los amos de la noche (1979, Walter Hill), Banda Aparte (1964, Jean-Luc Godard, 1964), Fellini 8 ½ (1967), Psicosis (1960, Alfred Hitchcock) o El beso mortal (Robert Aldrich, 1955).

Con todo, lo que llama verdaderamente la atención en Pulp Fiction es la maestría con la que Tarantino es capaz de conjugar los parámetros espaciotemporales, creando una estructura modular que rompe con la narrativa clásica, lo que posibilita que el cineasta componga y disloque a su antojo la lógica de la narración.

Esta desarticulación no era novedosa en sí misma, desde principios del siglo XX ya existían distintos espacios para el desarrollo de acciones paralelas (Edwin S. Porter lo había instaurado desde 1902), al igual que diferentes estadios temporales.

Asimismo, ya se conocía la conceptualización de la acronología desde hacía décadas, como el recurso a la analepsis (flashback) que databa de 1908 con Las aventuras de Dollie (D.W. Griffith), y las escenas de flashforward o prolepsis puestas en práctica por Charles Chaplin en La quimera del oro (1925).

No obstante, la desarticulación de la narrativa lineal en Pulp Fiction no es una elección estilística, sino la construcción del discurso cinematográfico completamente novedosa, con una estructura acronológica que transporta al espectador del pasado al futuro sin reservas, afectando el efecto psicológico que causa en la audiencia.

La modularidad anacrónica de Pulp Fiction juega deliberadamente con la desorientación, proponiendo tres bloques de historias interconectadas. El primero protagonizado por “Pumpkin” (Tim Roth) y “Honey Bunny” (Amanda Plummer), dos atracadores comunes que se encuentran en una cafetería.

En el segundo, los sicarios Vincent Vega (John Travolta) y Jules Winnfield (Samuel L. Jackson) se disponen a completar un encargo del capo Marsellus Wallace (Ving Rhames), a su vez marido de Mia Wallace (Uma Thurman), a quien Vincent Vega debe acompañar durante una noche.

El tercer bloque lo protagoniza Butch Coolidge (Bruce Willis), un boxeador que debía perder un combate amañado, pese a lo cual decide ganarlo y huir con el botín, ultrajando la confianza de Marsellus Wallace.

Perfectamente ensamblada

El hecho de que todos los segmentos estén interrelacionados hace que resulte sencillo entender la historia, pese a su aparente desconexión, haciendo de Pulp Fiction una obra perfectamente ensamblada.

A pesar de la violencia, de la hemoglobina orgiástica y de los exabruptos, es difícil desligarse de una película referencial, en la que objetos tan fútiles como un reloj de oro, una katana o una Royale with cheese cobran una dimensión insospechada.

Una cinta en la que frases como “tienen un cadáver sin cabeza metido en un coche en el garaje, enséñenmelo” se bañan en música soul, funk, rock e incluso surf, y en la que nos agasajan con un travelling mítico al ritmo de “Girl you’ll be a woman soon”, versionada por Urge Overkill, es de obligado visionado.

Atrévanse a imbuirse en el universo de Pulp Fiction sin ambages, aunque sea una vez cada veinticinco años.