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Score Follower y la circulación de partituras en internet

En los últimos 15 años y como consecuencia de la normalización de los procesos de búsqueda de conocimiento en la red, el circuito de circulación de partituras ha sufrido una profunda transformación. Mediante plataformas como imslp.org, la música libre de derechos ha alcanzado su verdadero significado como patrimonio de todos, gratuita y de libre circulación. No obstante, la diferencia legal existente entre este repertorio y el de nueva creación parece estar acortándose mediante iniciativas en las que los compositores ceden libremente los derechos de difusión de sus piezas y grabaciones. Quizás la más influyente sea la fundada por el compositor americano Dam Tramte, Score Follower.

En los últimos 15 años y como consecuencia de la normalización de los procesos de búsqueda de conocimiento en la red, el circuito de circulación de partituras ha sufrido una profunda transformación. Mediante plataformas como imslp.org, la música libre de derechos ha alcanzado su verdadero significado como patrimonio de todos, gratuita y de libre circulación. No obstante, la diferencia legal existente entre este repertorio y el de nueva creación parece estar acortándose mediante iniciativas en las que los compositores ceden libremente los derechos de difusión de sus piezas y grabaciones. Quizás la más influyente sea la fundada por el compositor americano Dam Tramte, Score Follower.

 Ya desde el principio de la Era Youtube, comenzaron a proliferar los vídeos en los que, conjuntamente con la grabación de la pieza, se puede seguir su partitura en la pantalla. Score Follower toma este formato con una clara limitación: publicar en la plataforma piezas compuestas en los últimos 10 años. Es esta característica la que lo hace especialmente notable debido a un trasvase en el enfoque comercial de los compositores (sobre todo los que han nacido en los albores de la Era Digital), los cuales se encuentran cada vez menos vinculados al mundo editorial tradicional y optan por un enfoque plenamente digital para dar a conocer su trabajo. Asociado a este cambio de paradigma encontramos que, paralelamente, la edad media de este nicho de personas las sitúa actualmente en un estado intermedio de su carrera, no estando asociadas en su mayoría a contratos de exclusividad de ningún tipo, lo cual representa una importante baza para el uso de medios de tráfico más libre.

El valor educativo de Score Follower es incuestionable. La oportunidad de llegar a un volumen tal de partituras (que en ocasiones han sido interpretadas incluso solo una vez) por parte de cualquier persona interesada fue uno de los objetivos que Tramte se impuso desde el principio. El acceso público a las obras de más reciente creación ayuda igualmente a la conformación de un foro crítico internacional que extiende asimismo el debate al ámbito de las redes sociales. No obstante, es importante preguntarse acerca de cómo la interface condiciona nuestra percepción del contenido y cómo ésta ejerce de posible medidora del éxito o fracaso de las piezas que contiene, en términos de engagement.

En primer lugar, vale la pena reparar en la dimensión fundamentalmente visual de YouTube. A pesar de que la página ha incluido herramientas propias de otros soportes genuinamente sonoros, como las listas de reproducción, y de que abunden los ejemplos de archivos sonoros cuya imagen es estática, la interacción mayoritaria del usuario con la página es eminentemente audiovisual. Ello condiciona de manera directa las expectativas de los usuarios acerca de los links que cliquean. En una entrevista reciente, Dan Tramte menciona cómo las partituras del compositor inglés Brian Ferneyhough, por ejemplo, poseen algunos de los rasgos que aglutinan el interés mayoritario de los usuarios:

Hay algo especial en sus partituras que parece encajar con la cultura YouTube, y mi teoría se basa en la posición que [en su música] ocupa la partitura en sí misma. Para muchos músicos –especialmente aquellos que no conocen la música de Ferneyhough- sus partituras son impactantes, radicales, inspiradoras y también provocadoras. Sus obras son perfectas para desatar una animada sección de comentarios en YouTube y, para bien o para mal, esta sección es un foro ideal para la polémica que está completamente abierto al público. Esto es muy importante para nosotros, por lo que el factor visual es una de las características por las cuales elegimos una partitura, pero no la única”.[1]

 

 

partitura

 

Rot Blau, de Jessie Marino en el apartado Mediated Scores de Score Follower.

 

 

 

De manera consecuente, el movimiento Score Follower ha representado un giro de punto de vista en torno a un objeto que, en cuanto que representación, encarnó una parte importante de la especulación acerca de la materia musical por parte de muchos compositores en la segunda mitad del s. XX, como Roman Haubenstock-Ramati, Sylvano Bussotti o Georges Aperghis. En comparación con disciplinas como el performance-art y el happening, el elemento que suele conceder la identidad a la obra musical es su abstracción temporal dentro de este soporte. La paradójica dimensión de la partitura como objeto de la obra de arte sonoro, en coalición con los resultados obtenidos a través de la elaboración de nuevos métodos de representación, puede considerarse un paso previo digno del cruce de idiomas disciplinares experimentado en las últimas décadas. Sin embargo, el riesgo de fetichismo en torno a la grafía es un claro ejemplo del nada nuevo triunfo de la vista como rey del primer nivel de atención que nuestro cerebro presta a los estímulos externos. Es por tanto importante cobrar consciencia de los caminos mentales que el uso generalizado de estos canales propician, además de cómo la red ha influido igualmente en nuestra percepción del directo, de lo físico, así como de los cruces entre ambas realidades.

Por tanto, ¿modifica el éxito de Score Follower la manera en la que los jóvenes compositores abordan la escritura musical? La respuesta, a priori afirmativa, cobra dimensiones mayores si tenemos en cuenta que la suscripción o no a aplicaciones como esta se convierte en un polo de discusión, con independencia de las opciones estéticas que cada cual adopte. Se puede tender a componer una música cuya grafía no tenga nada que hacer con los criterios estéticos a los que Tramte hace referencia pero, por el alcance de la iniciativa, se antoja difícil escapar de esta categorización, aunque sea de una manera inconsciente. Este discurso recuerda a la vieja polémica acerca de aquellas obras con más tendencia a ser premiadas en concursos por lo lucido de su escritura; en este caso, aunque el factor “difusión” fuese una consecuencia, es necesario distinguirlo del de “reproducción” (sustancialmente más importante para la supervivencia de una obra) en un medio que se ha tornado el más promiscuo en cuanto a la vivencia de lo que podemos denominar como “experiencias artísticas”.

Una de las últimas apuestas de la página giró en torno al mecenazgo. Mediante un concurso cuyas solicitudes habían de constar de audio y grabación, un jurado compuesto por nombres destacados de la composición actual eligió un total de tres piezas de entre decenas de composiciones enviadas. La fase final consistió en una votación abierta en la que los usuarios, mediante sus likes, alzaron como ganador al compositor costarricense Julio Zúñiga, el cual recibió un encargo remunerado por el Ensemble Dal Niente.

A pesar de que esta modalidad de competición no representa ninguna novedad para las personas que están acostumbradas a un uso continuado de las redes sociales, es cierto que el campo de la música de nueva creación (o como quiera que podamos llamarla a estas alturas) se había creído salvaguardada de lo mainstream, siendo precisamente esa serie de consideraciones las que la dotaban de una serie de cualidades propias. El concurso #FollowMyScore, al que estamos haciendo referencia, no solo igualó una premio de música contemporánea a otros como Eurovisión o Gran Hermano en su mecánica de elección del ganador, sino que representó el reconocimiento de la existencia (cuando no la aceptación) de engranajes que juegan un importante rol sugestivo, como los efectos llamada en diversas redes sociales e incluso en periódicos nacionales. Es cierto que la criba efectuada por el jurado aseguraba la calidad musical de los finalistas, pero lo acontecido después de la misma fue imprevisible.

Si tenemos en cuenta que aproximadamente un 100% de los compositores sub-35 que conforman lo más destacado del panorama internacional cuentan con un perfil en Facebook, y que hacen uso de él generalmente con fines promocionales, parece imposible negar a que los agentes que componen el circuito socio-económico vinculado a la nueva creación (fundaciones, intérpretes, ¡público!) actúan cada vez más influenciados bajo patrones condicionados por las lógicas de las redes (entre los que se encuentra, por cierto, una capacidad de atención cada vez más exigua). Es muy pronto todavía para esgrimir consecuencias a largo plazo, pero algo apunta a que una educación de la información en la que los nativos digitales aún son autodidactas aloja ciertas contradicciones de obligada discusión, así como dicotomías que, como las supernovas, dejaron de existir hace millones de años.

 

[1] Entrevista de Tim Rutherford-Johnson a Dan Tramte, fundador de Score Follower. http://scorefollower.com

 

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