Martes, 05 febrero 2019

¿Realmente la Filosofía nos hace pensar?

En octubre, se anunció que el Congreso había aprobado por unanimidad que la asignatura de Filosofía volviera a ser obligatoria en el Bachillerato. La noticia supuso una gran alegría para todo el ámbito de las Humanidades, ya que suponía un aumento de reconocimiento a una rama del saber considerada con frecuencia inútil e inservible. Y también supuso “un subidón” para los profesores de Filosofía, que veían la posibilidad de aumentar sus horas de docencia, transmitiendo su materia todos los adolescentes del país. Lo mismo que a otros profesores del área de las Humanidades que no descartaban formarse en Filosofía para dar clases de esta materia.

Filosofía había perdido su carácter de asignatura común en 2013, con la aprobación de la LOMCE, que establecía que Historia de la Filosofía dejaba de ser troncal en 2º de Bachillerato, pasando a ser cursada solo por alumnos de Ciencias Sociales o Humanidades.

Esta decisión levantó una gran polémica. La principal queja es que esa decisión buscaba acabar con el espíritu crítico de los estudiantes: dar más tiempo a materias que se limitaran a la memorización y eliminar aquellas que ayudaban a pensar. Pero ¿realmente la Filosofía nos hace pensar?

Pienso que muchos hemos experimentado, con 15 o 16 tiernos añitos, la experiencia de tener nuestras primeras clases y enfrentarnos a cuestiones como:

  • ¿Cómo sabes que esa mesa que tienes delante es real y uno un producto de tu imaginación?
  • Cuando un árbol cae en medio del bosque, ¿produce algún ruido?
  • La realidad no es como la percibimos: son nuestros sentidos los que aportan datos como los colores, la profundidad, el tiempo, etc. que no se corresponden con la realidad de las cosas.

La sensación que se experimentaba era similar a 15 vueltas en la noria a alta velocidad: vértigo, mareo y vacío en el estómago.

Luego, poco a poco, como un iniciado, pasabas a familiarizarte con conceptos como arjé, ideas, materia, forma, potencia, acto, metafísica, epistemología, sein-in-der-welt e incluso “palabros” como Weltanschauung. Y aprendías que era posible ser escéptico, pesimista, que tu “yo” era imposible de conocer, que podías haber vivido oprimido toda la vida sin saberlo…

Y te hablaban de conocer y conocerte, de liberarte, de rebelarte, de realizarte… Entre bocadillos y chicles, acné y hormonas, empezabas a discutir sobre si Platón era más imaginativo o Aristóteles más realista, sobre si Nietzsche era pesimista u optimista y sobre si Descartes había inspirado la película Matrix (que, por cierto, cómo estaba Keanu Reeves…). Y así pasan los años y rompes en carcajadas cuando ves el partido de fútbol para filósofos de Monty Python. Porque conoces a esos jugadores “ineptos”: los has leído, desgranado, disecado y aprendido con soltura incluso para comparar unos con otros. Ni a tus primos los conoces tan bien.

Pienso que ésa es la magia de la Filosofía. Posiblemente a los 16 años todavía no podamos captar toda la información que nos llega ni las perspectivas que se abren, posiblemente a los 17 años, con la amenaza de la Selectividad-PAU-EBAU nos tomemos la Historia de la Filosofía como una materia más para estudiar… Pero, casi sin darnos cuenta, las mejores ideas de toda la historia de la Humanidades, habrán pasado por nuestra cabeza: habrán dejado más o menos huella, pero habrán estado allí. Y ese bagaje nos acompañará el resto de nuestra vida, esas ideas nos susurrarán como Roberto Benigni susurraba “Schopenhauer” para dominar la realidad, nos ayudarán a entender mejora los episodios de nuestra historia, nos permitirán ver más allá en los sucesos concretos. Nos dan una apertura de mente, una mayor perspectiva de la realidad.

No sé si después de una clase de Filosofía uno sale con ganas de cambiar el mundo, pero estoy segura de que si alguien va a cambiar el mundo, mejor que haya estudiado Filosofía.

Portada de un libro sobre los tontos motivados