Hawks - Faulkner
Faulkner adaptó para Hawks 'Tener y no tener' de Hemingway.

Jueves, 29 noviembre 2018

El cine de Howard Hawks y la palabra de William Faulkner

Han pasado más de cuatro décadas desde que desapareció Howard Hawks, pero su cine se mantiene impertérrito en la mente de los espectadores.

Con su mirada incisiva y su perspicacia alumbró casi una cincuentena de películas como director, así como veintitrés como guionista. Su capacidad creativa era asombrosa, siendo admirado por coetáneos como John Ford, quien se maravillaba con la capacidad de Hawks para extraer lo mejor de los intérpretes.

Aunque firmó grandes obras maestras del cine clásico de Hollywood, nunca gozó de prestigio como artista, prueba de ello es que no obtuvo ningún Oscar salvo el Honorífico en 1975, el premio de consolación para quienes son arrinconados de manera injusta por la industria cinematográfica.

Hawks y Lauren Bacall.

Hawks incursionó en todos los géneros posibles, desde el noir más descarnado, recordemos que suya es Scarface (1932), a la comedia slapstick por antonomasia, La fiera de mi niña (1938).

Consciente del poder del cine sonoro, decidió llevar a la gran pantalla la obra teatral Primera plana de Ben Hecht y Charles MacArthur, otorgándole el protagonismo a una mujer. Luna nueva (1940) rompió cualquier convencionalismo, ofreciendo un festín de diálogos solapados y personajes electrizantes, algo nunca visto en la gran pantalla y que supondría una auténtica conmoción para la audiencia de la época.

Una de las bazas de Hawks fue rodearse de grandes guionistas

Esta combinación intergenérica de sus películas, mezclada pero no agitada, le llevó a dirigir comedias como Bola de fuego (1941), musicales como Los caballeros las prefieren rubias (1953), dramas como Solo los ángeles tienen alas (1939) o cintas de terror como El enigma de otro mundo (1951). Todo ello recalando, una y otra vez, en un género que revitalizó y condujo hacia la depuración técnica más exquisita, el western. Sus Río Rojo, Río Bravo, El Dorado o Río Lobo constituyen ejes ineludibles del cine del oeste.

El ganador del Nobel de Literatura trabajó 20 años en Hollywood

Sin embargo, una de las mayores bazas con las que contó Howard Hawks fue saber rodearse, y de qué manera, de grandes guionistas que enhebraran sus historias infundiéndoles espíritu. Y así es que en su camino se cruzó, para quedarse, un tal William Faulkner, un autor de Missouri desbordado por el glamour de Hollywood que supo, como ningún otro, poner letra a la imagen de Hawks.

Una anécdota de Hawks, Faulkner y Clark Gable.

Pese a que hoy en día resulte un nombre inexcusable en la historia de la literatura, pocos relacionan al circunspecto Premio Nobel con la industria del cine. Con todo, a ella encomendó veinte años de su vida, dos décadas en las que su firma recorrió los estudios de Hollywood, especialmente los de la Warner Bros., donde se dieron vida a algunas de sus mejores historias.

Desde 1933, cuando se estrenó el drama Vivimos Hoy, protagonizado por Gary Cooper y Joan Crawford, la relación de Hawks y Faulkner se solidificó de tal manera que no solo derivaría en una profunda amistad, sino en una fructuosa unión que se materializaría en dos guiones soberbios, El sueño eterno y Tener y no tener.

A pesar de rivalizar en el terreno literario, en Tener y no tener encontramos unidos, por obra y gracia de Hawks, a Ernest Hemingway (autor de la novela) y a William Faulkner, su adaptador.

William Faulkner.

Todo nació en una mañana fría, cuando Hawks y Hemingway se encontraban pescando. Fue entonces cuando el director aseguró poder hacer del peor relato del escritor una gran película. Tentado por saber cuál era su peor escrito, Hemingway aceptó el reto de Hawks, y así en 1944 su novela Tener y no tener se encarnaba en las palabras de Faulkner y sus personajes en los rostros de Humphrey Bogart y Lauren Bacall.

De nuevo, la intuición de Howard Hawks consiguió superar los escollos, conduciendo hacia el éxito a todos los implicados en la película, incluida una jovencísima Lauren Bacall a quien se le confiaba, por vez primera, un papel en la gran pantalla.

 

Lauren Bacall en “Tener y no tener”.

Cine de hoja perenne

La visión de Hawks, siempre inspirada, le condujo a entregar un cine poliédrico, basado en excelentes relatos de aun mejores guionistas y escritores, siendo un director que subrayó la importancia de la palabra, del diálogo y del ingenio. Quizá por ello le debemos un cine de hoja perenne, imperturbable y genial, dispuesto a conquistar a los espectadores generación tras generación.

Con más de cuarenta años de su desaparición cumplidos, este año no solo le hemos dedicado un libro al genio de Goshen (El universo de Howard Hawks, ed. Notorious), sino que le hacemos un digno tributo, rescatando su talento inigualable para la literatura y la cinematografía.

Por mucho tiempo que pase, a Hawks le debemos que nos enseñara a valorar la palabra, ese mínimo común múltiplo del cine que nunca se sabe a dónde puede llegar.