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El cine cuenta: reflexiones sobre el guion cinematográfico

El cine cuenta y, además, en todos los sentidos. El cine es un arte, un recurso, una herramienta, un distractor, incluso un revulsivo social.

El cine nos cambia mientras nosotros cambiamos el cine y, cuando se comparte en una sala, es una de las experiencias más increíbles que los humanos podemos realizar en comunidad. En silencio, a oscuras, todos unidos. Es casi espiritual. El cine cuenta y, ahora, más que nunca. Mis alumnos del Máster en Creación de Guiones lo saben y, sin embargo, no me canso de repetirlo: lo que se dice es importante, pero cómo se dice lo es mucho más.

Hubo una época en la que el cine no tenía guion y, por lo tanto, no contaba, solo mostraba. El cine era un arte contemplativo, una sucesión de escenas con mayor o menor cohesión, en las que el fenómeno cinematográfico se convertía en un mero entretenimiento con trasfondo científico. Al fin se había captado la realidad en movimiento.

Una inauguración, la visita de los monarcas, la apertura de una feria. El cine era testigo, casi en la sombra, de una sociedad en construcción. Pero llegó el sonoro, ese sutil matiz que lo cambió todo.

La llegada del cine sonoro

Con el sonoro, el cine alcanzó un estatus diferente, si bien artistas como Charles Chaplin lo consideraban un elemento corruptor que alejaba al cinematógrafo del arte de la interpretación más puro, y autores como Bèla Balázs llegaron a afirmar que el auténtico lenguaje del cine eran los gestos y las facciones.

En la mítica Cantando bajo la lluvia (1952, Gene Kelly, Stanley Donen) se hace perfectamente patente el cambio que implicó el sonoro, con la transformación industrial, empresarial e interpretativa que todo ello supuso:

Pero la era silente había acabado, para bien o para mal, y el cine no tardó en aprovechar la nueva beta que le ofrecía emplear un elemento novedoso y radicalmente distinto: el diálogo.

Los diálogos contribuyeron a hacer las películas más rápidas, más ingeniosas, más perspicaces. Los diálogos ayudaban a hacer visible una mayor profundidad de la temática, de las relaciones personales, del background de los personajes. El diálogo implicaba la brillantez de los intérpretes y una actuación más orgánica, pero, en ocasiones, más metodológica.

Hasta aquel momento, los actores ponían en práctica una interpretación hiperbolizada, teatral y desmedida para que la audiencia entendiese su expresión. Con el diálogo, el grado interpretativo descendió hasta un nivel más orgánico, entendiendo que el mensaje no tenía que enfatizarse por medio de los códigos físico y dialógico. La interpretación no subrayaba la acción, esta quedaba explícita mediante el diálogo.

Esto implicó complicaciones no solo para la industria cinematográfica en sí, especialmente para los exhibidores que debían reconvertir todo su sistema de reproducción adaptándose al sistema sonoro, sino también para el trabajo conjunto de cineastas y guionistas, quienes ahora debían colaborar más que nunca.

El guion no es la película

El guion no es la película. Nunca lo ha sido y nunca lo será. Esta idea también resulta confusa para los estudiantes. El guion desaparece en la película como el patrón en la confección de una prenda. El guion está al servicio del cine, pero no puede limitarlo ni constreñirlo, porque en el cine se conjugan el valor literario del guion y el visual de la dirección, una mezcla que se retroalimenta y que siempre tiene que sumar. Ambos colaboran y ambos se amplifican, ya que eso evita que uno de los elementos reste valor al otro.

Algunos alumnos me preguntan hasta qué punto se debe dar importancia al guion, y cuánto puede decepcionar que en el resultado final de la película las líneas que tan trabajosamente se elaboran, acaben perdiéndose como lágrimas en la lluvia. Es una pregunta precisa, inteligente y muy difícil de contestar.

Sin ninguna duda, lo importante es perder la rigidez, la intransigencia y la fobia al cambio; el tener el temple para hacer un guion también requiere de la valentía de prescindir de aquello que no funciona. Sin reparos ni melindres. Es imprescindible partir del conocimiento de que bien durante el rodaje, como criterio de dirección, o bien durante la postproducción, parte del material pensado e incluso rodado se perderá insoslayablemente.

Y en ese momento no puede cundir el pánico, ni embriagarnos con tristeza o impaciencia, ya que no habremos perdido un guion, sino que habremos ganado una película.

Y, sin duda, transformarse en una película es la única función que tiene el guion.

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