Jueves, 08 noviembre 2018

¿Ayuda la pena de prisión a resocializar y reinsertar al recluso?

Una pena es un mal necesario que se impone al individuo que ha cometido un hecho contrario al ordenamiento jurídico o a los principios de la sociedad en la que vive. Y, como tal, va evolucionando y adaptándose a la realidad.

Nuestra sociedad actual, progresivamente, ha ido aceptando las penas privativas de libertad (entre las que se encuentran la localización permanente y la responsabilidad subsidiaria por impago de multa) y, sobre todo, la pena de prisión, como el instrumento idóneo para imponer al autor de un determinado hecho delictivo.

Y esto es así porque la pena privativa de libertad consigue abarcar los fines de retribución, prevención general y prevención especial, en los siguientes momentos:

– En el momento de amenaza penal: prevención general negativa (intimidación a la comunidad para procurar que no cometan delitos).

– En el momento de aplicación de la pena al autor del hecho: retribución y prevención general positiva, además de aspectos punitivo-especiales.

– Ejecución de la condena: prevención especial (se persigue la reeducación del penado, procurando que no vuelva a reincidir en la conducta en un futuro).

En base a lo anterior, cabe resaltar lo mencionado el artículo 25.2 de la Constitución Española, que expresa que: “las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social y no podrán consistir en trabajos forzados”.

El problema del entorno existente en prisión

Partiendo de esta consideración, queda claro que la pena de prisión debe ayudar al reo a reinsertarse en la sociedad y a resocializarse. De hecho, así es entendido por los centros penitenciarios españoles, que promueven y practican la intervención en sentido amplio a través de la individualización de tratamientos a los reclusos.

La cuestión es, ¿realmente la pena de prisión ayuda al condenado a resocializar y le ofrece las herramientas necesarias para que pueda volver a reinsertarse en la sociedad?

El entorno dista mucho de ser el conveniente para lograr que el individuo se resocialice

Es cierto que los centros penitenciarios ponen en marcha mecanismos para conseguir estos fines; sin embargo, el entorno existente en prisión, dista mucho de ser el conveniente para lograr que el individuo se resocialice y se prepare para la reinserción en la sociedad.

Ello sin hablar de la situación de las personas condenadas que no requieren de ningún tipo de resocialización o reeducación, para los que el único fin de la prisión sería ser “apartado” de la sociedad.

De esta forma, se produce el fenómeno conocido como “prisionización”, que consiste en la asimilación de la cultura penitenciaria por parte del reo.

De esta manera, el individuo adapta su comportamiento, su vestimenta, su forma de hablar, sus horarios y costumbres a las existentes en el centro penitenciario, lo que provoca una gran pérdida de personalidad y hábitos propios.

Efecto contrario del esperado

Así, se introduce en un ambiente hostil y controlado, con estrictos horarios que acaba aceptando como propios, haciendo que el efecto de la prisión sea el contrario al esperado, puesto que es difícil reinsertarse en la sociedad desde un centro cerrado y asilado de la misma.

La prisionización afectará al individuo más o menos dependiendo de diversos factores, como:

– El tiempo de condena (a más tiempo de condena, más influencia en el individuo);

 La edad (a menor edad, mayor posibilidad de influencia en el sujeto);

– Las circunstancias psicológicas (a menor estabilidad mental, más influencia en el sujeto);

– Las circunstancias personales y familiares del sujeto (a más apoyo y contacto externo, menor será el efecto)

– La calidad del propio centro penitenciario (el fenómeno se agrava en centros en los que existe hacinamiento, falta de actividades o programas individuales, etc).

Este fenómeno, como hemos mencionado, se ve agravado con las penas de prisión de larga duración. En estas circunstancias, algunos de los efectos que causa en los individuos son:

-Descenso del rendimiento cognitivo.

-Descenso especialmente agudo en las funciones de atención, cálculo y memoria.

-Los síntomas de depresión están más presentes en los grupos de larga estancia.

-Alto nivel de paranoidismo y psicoticismo, lo que provoca suspicacia y desconfianza generalizada en los demás. Se observa que los internos de larga duración son solitarios crónicos.

Pérdida de vínculos familiares y deterioro de las relaciones del interno con su familia.

-Insuficiente grado en la superación de las drogodependencias y el alcoholismo.

En definitiva, la situación y la concepción actual de la pena de prisión y de los centros penitenciarios, dificulta en gran medida la reinserción y la resocialización promulgadas por la Constitución Española, porque estos centros no son el medio idóneo para ello.

El principio de normalidad de Noruega

No obstante, en determinados países como Noruega, conociendo esta realidad, se aboga por un sistema inspirado en el “principio de normalidad”.

Para este sistema el castigo es la falta de libertad en sí misma, ordenando que la condena debe cumplirse en situaciones similares a la vida en libertad, con los mismos derechos que el resto de ciudadanos.

Las condiciones de vida del interno no pueden ser más estrictas de lo necesario para preservar la seguridad (por ejemplo, los penados pueden pasear alrededor de la prisión, practicar esquí, etc).

Esta visión o evolución del concepto de pena privativa de libertad y de centro penitenciario resulta mucho más beneficiosa tanto para el reo como para la propia sociedad, ofreciendo unos resultados más positivos que los ofrecidos por los centros penitenciarios convencionales y manteniendo al mismo tiempo los fines retributivos y preventivos propios de la pena de prisión.

Esto, junto con un tratamiento más individualizado, que intentase atajar los problemas de cada individuo, haría el tiempo en prisión mucho más productivo, ayudando, como hemos mencionado, no sólo a los propios presos, sino a toda la sociedad.