Jueves, 06 julio 2017

Lutero, su peca mucho y cree más, y la justificación por la fe

Acordémonos que la pregunta central que se planteaba Lutero y que en realidad se plantea cualquier cristiano es: ¿Cómo llego a ser justo ante los ojos de Dios?

Acordémonos también que la contestación que daba Lutero a esta pregunta central era: Sola fides. Es decir solamente se necesita para ello la fe. Pero Lutero al decir esto entendía por fe una fe sin obras lo cual equivale a decir una fe sin caridad. Lutero decía que en la Iglesia católica la fe había quedado supeditada a la ley. Había que cumplir indulgencias, cumplir toda una serie de  mandatos, toda una serie de normas sin sentido, tan solo por el mero hecho de cumplirlas.

Algo parecido a lo que le ocurría a san Pablo antes de tener el encuentro con Jesucristo resucitado y que llevaría a su conversión. Es bien sabido que san Pablo antes de su conversión era extremadamente celoso en el cumplimiento de las leyes de sus padres (Gálatas 1,14). Así se expresa en su carta a los gálatas, cumpliendo para ello las observancias de los judíos fariseos. Perseguía todo lo que entendía como peligro o como amenaza para la identidad del pueblo de Israel.

Pero la iluminación que recibe de Jesucristo en su camino hacia Damasco le hace ver que todos sus méritos según esa ley son pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor (Filipenses 3,8). Después de  encontrarse con Jesús resucitado se da cuenta de que la situación había cambiado radicalmente. Lo que nos protege ya no son las observancias de la ley  sino que únicamente es Cristo quien nos protege contra el politeísmo y todas sus desviaciones; es Cristo quien garantiza nuestra verdadera identidad. Ser justo significa por lo tanto estar con Cristo y en Cristo. Y esto basta.

Así podemos entender bien las palabras que san Pablo escribe en la epístola a los romanos, naturalmente después de su conversión: Afirmamos, por tanto, que el hombre es justificado por la fe con independencia de las obras de la ley (Romanos 3,28). Lutero traduce estas palabras de san Pablo por  justificados solo por la fe.

De un modo como siempre muy esclarecedor comenta el gran teólogo y Papa emérito Benedicto XVI que esta expresión de Lutero (sola fides) sería verdadera únicamente si no se opone a la caridad, es decir al amor.

La fe es mirar a Cristo, unirse a Cristo, conformarse a Cristo, a su vida, pero esto significa entrar en su amor. Por eso se entiende fácilmente lo que dice san Pablo a los gálatas: En Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor, sino solamente la fe que actúa por la caridad (Gálatas 5,6). Así, en la comunión con Cristo, en la fe que crea la caridad, se realiza toda la ley. Somos justos cuando entramos en comunión con Cristo, que es el amor. Por eso la fe, si es verdadera, si es real, se convierte en amor, se convierte en caridad, se expresa en la caridad. Una fe sin caridad, sin este fruto, no sería verdadera, sería fe muerta.

¿Pero cómo entiende Lutero la expresión sola fides, una expresión en la que él tanto ha insistido? Pues bien, afirma que hemos de entenderla como exclusión de la caridad, o amor. La caridad pertenece al campo de las “obras” y sería, por lo tanto “profana”.

Lutero subraya la absoluta primacía de la fe sobre el amor, pues solo la fides absoluta divina, y referida a la divinidad, es la que obraría nuestra justificación. Y es así como se debería entender su exigencia programática: Loco caritatis ponimus fidem. En el lugar de la caridad ponemos la fe y de este modo el obrar humano se presenta como un acontecimiento sin Dios, algo totalmente sin relevancia. Falta por lo tanto la coherencia entre el obrar y la fe, falta la unidad de vida, entre lo que pienso y lo que hago. De este modo la caridad, que configura según el pensamiento católico la forma íntima de la fe, aparece totalmente separada del concepto de la fe. Lutero llega incluso a la formulación polémica en su gran comentario a la carta a los gálatas: Maledicta caritas.

Para entender esto mejor, hemos de tener en cuenta que Lutero pensaba que la fe desde el punto de vista católico había quedada reducida al mero cumplimiento de normas, al mero cumplimiento de la ley. Y con tal motivo emprende una lucha contra Roma y la tradición católica. Según él, habría que liberarse de la ley. Se trata de la misma lucha que Pablo, en su carta a los gálatas, emprende contra los judaizantes. Y esto es importante tenerlo en cuenta porque con frecuencia se dice hoy que no existe contraposición entre católicos y protestantes en lo que se refiere a la doctrina de la justificación. Efectivamente así es cuando desaparece la conciencia de pecado o cuando ya nadie tiene esa preocupación o incluso aquella angustia que tenía Lutero con el infierno. Esto hoy para muchos ya no es concebible porque si se borra la conciencia de pecado desaparecen ya las diferencias entre católicos y protestantes.

Pero el verdadero origen de la escisión de la Iglesia protestante es según Benedicto XVI el temor de Dios, que Lutero tenía clavado hasta la médula y que provocaba una tensión entre la aspiración divina y la conciencia de pecado, hasta tal punto que Dios se le muestra a Lutero sub contrario, como lo opuesto a Dios, como demonio, que busca aniquilar al hombre. Y la liberación de esta angustia es el verdadero y decisivo problema de Lutero. La liberación de esta angustia solo tiene lugar según Lutero en el momento en que la fe aparece como una certeza personal de la salvación.

Es como una especie de dialéctica que Lutero formula de este modo: El cristianismo no es otra cosa que un constante ejercitar este punto doctrinal, sentir que estás libre de pecado, incluso si has pecado; que tus pecados los carga Cristo.

De este modo el angustiado Lutero, sin duda más profundo que la mayor parte de los disputadores de su época, en su dialéctica vital llega a la conocida frase: Pecca fortiter, crede fortius. Pero ahora podemos preguntarnos cómo es posible la coexistencia en el alma entre angustia y confianza, esperanza y desesperación. Su expresión Pecca fortiter crede fortius no es una invitación a pecar, sino condensación paradójica, hiperbólica, de su doctrina. Esta frase es del más puro estilo luterano: rebosante de pathos y fuerza plástica del lenguaje, y nos muestra características de su forma crudamente paradójica de pensar, de lo desmedido y de los superlativos.

Peca, es decir, ofende a Dios, puesto que -así afirma Lutero- no siéndote posible evitar el pecado, vale más que lo cometas abiertamente y te libres así de escrúpulos y de tentaciones, pero, a la vez, cree, es decir, confía en Él, espera en Él y vuélvete a Él.

Para finalizar, si confrontamos esta dialéctica vital con la católica observamos que el catolicismo no puede, por supuesto, mandar que se peque; pero sabe muy bien que para nosotros es moralmente imposible librarnos de cometer pecados. Pecar y arrepentirse, en vez del mero “creer” luterano, son los dos términos de la dialéctica católica. Pero no se presentan ambos simultáneamente como en Lutero, sino de modo sucesivo. Y así desaparece la contradicción irracional.

Lutero pone el pecado coexistiendo con la piedad y desconoce el arrepentimiento. Para el extremado Lutero, si en verdad acaeciese alguna vez verdadero arrepentimiento, nos haría para siempre indemnes, libres de nuevos pecados. Removería de tal modo las entrañas del alma, que nos otorgaría en adelante y para siempre la impecabilidad.

La experiencia muestra que esto no puede ser cierto. El hombre que dice haberse arrepentido vuelve a pecar. Pero si sabe acudir con humildad y arrepentimiento a la fuerza transformadora de la gracia en el sacramento de la penitencia,  actúa como hijo de Dios que sabe comenzar y recomenzar una y otra vez hasta que, con el arrepentimiento final a la hora de la muerte y como premio se gane el cielo.

 

Véase también el vídeo pinchando en el enlace de la foto (arriba) debajo de esta línea: