Miércoles, 26 julio 2017

La regla no tiene siempre que cumplirse: sobre los milagros

Con frecuencia se oye decir sobre un supuesto milagro: „No, desde luego que no creo en eso. Hoy sabemos que eso es contrario a las leyes de la naturaleza”. Y la persona escéptica añade: “En otros tiempos, la gente creía en esas cosas porque ignoraba las leyes de la naturaleza. Pero ahora sabemos que eso es científicamente imposible.” Esto equivale a decir: “No, yo no me creo que Jesús anduvo sobre el mar de Galilea”, o de modo análogo: “Yo no me creo que Jesús convirtió en las bodas de Caná el agua en vino”.

Los experimentos científicos muestran lo que ocurre en la naturaleza. Los que admiten milagros no niegan la existencia de esas normas o reglas, solamente afirman que pueden ser superadas mediante un milagro.

A esto se replicaría: “Es que la experiencia nos dice que la regla siempre tiene que cumplirse”. Y a eso se puede responder: “Aunque fuera así, esto no probaría que nunca lo pueda ser. El mundo está lleno de historias de gente que asegura haber comprobado o visto milagros. Quizás las historias sean falsas, pero también pueden ser verdaderas.

En esta misma dirección se afirma como objeción frecuente que “los primeros cristianos creían que Jesucristo era hijo de una virgen porque ignoraban que esto es científicamente imposible”. Tales personas parecen tener la idea de que la creencia en milagros surge en una época en que los hombres eran tan ignorantes del comportamiento de la naturaleza que no percibían que los milagros eran contrarios a ella, a la naturaleza.

Basta reflexionar un poco sobre esto para entender rápidamente que este modo de pensar es un sinsentido; y la historia del nacimiento virginal es un ejemplo significativo. Cuando San José descubrió que su esposa iba a tener un hijo, piensa en repudiarla. ¿Por qué? Porque él conocía tan bien como cualquier ginecólogo moderno que, según el curso normal de la naturaleza, las mujeres no tienen hijos sin haberse unido previamente a un hombre. Sin duda que hoy en día un ginecólogo conoce muchos más detalles sobre la concepción y la inseminación que San José. Pero esas cosas no afectan al hecho fundamental de que la concepción virginal es contraria al comportamiento de la naturaleza. Y San José evidentemente lo sabía. Él hubiese dicho lo mismo que hoy cualquier científico: “Eso es científicamente imposible”. Excepto si la actuación de la naturaleza fuese superada por un factor sobre-natural. Cuando San José finalmente aceptó la explicación de que el embarazo de su esposa no era contra la castidad sino debido a un milagro, aceptó este milagro como algo contrario al conocido orden natural.

Podemos afirmar por lo tanto que la creencia en los milagros, lejos de provenir de la ignorancia de las leyes de la naturaleza, sólo es posible en la medida que estas leyes son conocidas. Si alguien no ha advertido aún que el sol nace por el este, no encontrará nada milagroso si una mañana aparece por el oeste.

Siempre hemos sabido que los milagros son contrarios al curso natural de los sucesos pero sabemos también que si hay algo más allá de la naturaleza entonces son posibles. Esto es el núcleo central de la cuestión.

Las bases para la creencia o la incredulidad son hoy las mismas de hace dos mil años o diez mil años. Si a San José le hubiera faltado fe para fiarse de Dios o humildad para percibir la santidad de su esposa, podría no haber creído el origen milagroso de su Hijo tan fácilmente como cualquier hombre postmoderno; y hoy en día cualquier hombre creyente que cree en Dios puede aceptar el milagro tan fácilmente como San José.

Podemos resumir por lo tanto que los milagros superan las leyes que gobiernan la creación. Si un muerto de cuatro días, como Lázaro, que ya huele mal, vuelve a la vida por la palabra de Jesús (Jn 11), eso –por mucho que progresen las ciencias naturales– implica ciertamente una alteración momentánea del orden natural permanente. Solo es posible negar esa alteración si se niega el milagro mismo.

El milagro es un suceso fuera de lo común, de la actuación lógica de la naturaleza pero que se hace con un fin, para manifestar algo sobrenatural, y en este sentido se llaman comúnmente signo. Un milagro se produce por intervención divina para transmitir un signo. Detrás del milagro no se halla tanto lo sorprendente, eso sería la magia y el milagro nada tiene que ver con magia. El milagro es consecuencia del amor de Dios que se manifiesta de un modo sensible a través de un signo.

Cristo obró milagros, y los hizo en gran número. “A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que en él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2,9). Su humanidad aparece así como signo e instrumento de su divinidad: la misma voz que dice hágase la luz, y la luz se hizo, es la que dice, Lázaro, sal fuera, y el muerto vuelve a la vida.

Lo mismo ocurre con un enfermo de cáncer que después de pedirle a Dios su sanación se la concede. De este modo no solo desaparecen los síntomas del cáncer, sino que vuelve al estado de la naturaleza antes de la aparición de las células cancerígenas. Y Dios se sirve de estos signos para despertarnos de nuestra indiferencia e incredulidad.