UN DIARIO ATÍPICO Y ERUDITO

Miércoles, 13 noviembre 2013

Jerónimo Molina: “Nada en las manos”, todo en las páginas

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Dentro de la gozosa fecundidad que está viviendo hoy el género del diarismo, cuyas causas analizo en un artículo que publicará próximamente la revista Nuestro Tiempo, hay sitio para todos, entre otras cosas porque disponemos de modelos muy diferentes entre sí, que abren el campo y dan como resultado una gran posibilidad de variantes en un paisaje extenso y nada monótono. El autor de Nada en las manos (Los papeles del sitio, Sevilla, 2013), el murciano Jerónimo Molina, se declara en el prólogo d”orsiano de pro: cita Las virutas de taller de Miguel d”Ors, con las que comparte editorial, y se encomienda, sobre todo, al Glosario del abuelo Eugenio. La abundante veta política de este libro nos traerá a menudo el recuerdo de don Álvaro d”Ors, padre e hijo, respectivamente. No seré yo quien diga que es mala estirpe a la que arrimarse.

Lo meritorio es que pasa de las afinidades electivas a la afiliación literaria. En la estela de Eugenio d’Ors conjuga sabiamente la ironía con la verdad, la gracia con el rigor, la sugerencia con el dato exacto y, naturalmente, la anécdota con la categoría. Basta leer las solapas para percibirlo. La primera, un autorretrato:

Jerónimo Molina vive en Cartagena con su mujer y sus dos hijas y da clases en la Universidad de Murcia. No viaja ni mucho ni poco. Compra libros por correo, casi todos los que necesita y también algunos superfluos. El resto del tiempo lee y —cuando no hay otro remedio— también escribe, actividad que lo vuelve arisco y reconcentrado.

La segunda, al final del libro, una deliciosa captatio benevolentiae contrarrestada por el nombre de otro de sus maestros, que capta, más bien, rayos y truenos:

Al lado de la Trachydura  juengeri, la exótica mariposa bautizada con su nombre, libros y diarios le parecían a Ernst Jünger como “la roedura de sus uñas”. Sin más. Mucho menos que eso debe ser Nada en las manos: una chispa microscópica de saliva, una gota de sudor invisible a simple vista. No más que un cristal de sal común. Con un lepidóptero a su nombre, J. M. no querría publicar este glosario, un cuaderno con las lecturas y opiniones anotadas a la buena de Dios durante dos años (2011-2013). Pero no lo tiene.

Un miedo me asalta al escribir esta reseña. ¿Seré un lector especialmente predispuesto a gustar de este libro, que gasta, como yo, un vivo interés en las cuestiones de Derecho Político y de historia, y que las trata con similares inquietudes a las mías, aunque con más conocimiento de causa? La neutralidad que no tengo, espero mantenerla como crítico, sin embargo. Porque. partiendo de una defensa muy viva del realismo político, que cruza el diario de arriba abajo, hay un hilo de magnífica literatura indudable, que no conoce prejuicios.

No renuncia Jerónimo Molina al trazo puramente descriptivo, y se atreve incluso con el apunte poético. En algún caso, el verso le sale muy máxima moral, a lo Eugenio d’Ors de nuevo:

MAGISTER EX LECTIONE
A un lector ávido:

Lector,
de quién
no serás tú discípulo

 

Pero otras veces da con la veta lírica, como en “Autovía A-30”, que incluye un guiño a la tradición moderna del haiku, con fondo beat, a lo Jack Kerouac, pero conectando con los maestros clásicos, como Bashô, cuyo libro esencial Por las sendas del norte no deja de ser un libro de carretera:

Primavera
te anuncian
las furgonetas de helado.

No se niega Molina a divertimentos que delatan al escritor de raza, que paladea el lenguaje: “Con sumo cuidado he dejado enterrado en estas páginas, como quien guarda un tesoro, el arcaísmo “flúido”.
Cuando repaso mi ejemplar me parece que brilla en él una moneda de oro” (pág. 13). Y tiene aciertos sentimentales: la última entrada del libro es la dedicatoria: “Para Yolanda”, poniéndola, pues, en el fin de todos sus desvelos. Y hay múltiples imágenes sueltas de aliento
poético: “Hacía una tarde desapacible. Viento y lluvia mezclados en aleación”. Y muy significativas exasperaciones de lector auténtico:
[Tras contar que Alain reconocía que muchos de sus escritos no son más que rabietas de malhumorado, exclama:] “¿Cuántos artículos, cuántos libros no son otra cosa que motivos para incordiar? Qué agotadora forma de morir. Qué falta de piedad hacia quien ha hecho de la lectura su forma de vivir”.

Como escritor, él no nos da motivos de queja: Nada en las manos es breve, esencial, concentrado. En dos aspectos se realiza especialmente el arte de escribir de Jerónimo Molina: en la estructura de sus entradas y en el rigor. En el diminuto espacio de sus nótulas (como las llama, en significativa coincidencia con el Duque de Viñamarina), es capaz de transparentar un claro designio constructivo. Ejemplo: parece que está glosando Los defectos de la Constitución de 1931 de Niceto Alcalá-Zamora, y comenta cómo el autor apreció con justeza el problema catalán, pero en la última frase de esa entrada (del 13 de enero de 2013), usa una palabra mágica que le da un vertiginoso vuelco temporal a todo lo dicho: “estas profecías de N. A. Z. …” [Las negritas son mías.] La sensación de rigor y de conocimiento a fondo que desprenden estas páginas es palpable. Es el buen olor de la erudición, que diría Eugenio d’Ors. Cuando comenta: “Schmitt, poco escrupuloso en materia de propiedad intelectual, era a veces, también, impreciso en sus citas”, sabemos que en esto no sigue a su maestro.

Ni la estructura es cerrada ni el rigor aplasta. A veces, nos incita a una sonrisa, como en “Esquimales”, donde se nos informa: “Los pueblos del Ártico han saltado, en apenas una generación, del Neolítico al siglo XXI. Qué pena dan los inuit. Se han perdido la Edad Media”.
Otras veces incita a una contestación, como cuando se nos informa que Gaston Bouthoul firmó decenas de reseñas y que la mayoría de las obras le parecía notable  y que, “de un libro que hoy ya nadie recuerda, afirmaba en 1923 que “permanecerá””. Entonces uno, quizá pro domo sua,
pregunta: “Ya nadie lo recuerda, ya, vale, ¿pero merecía ser recordado, eh?”. Ésa es la clave para juzgar a Bouthoul, no las veleidades de los tiempos, que ya nos conocemos.

El don para la estructura rigurosa resplandece en el equilibrio que el diario mantiene entre su contenido puramente intelectual, toda una lección al paso de realismo político, la disciplina académica de Jerónimo Molina, con su intrahistoria familiar y sentimental.
Magistral la entrada del 13 de agosto de 2012, donde describe la pequeña fiesta doméstica que supone para sus hijas la llegada del cartero (una cartera) a su casa y, a renglón seguido, se hacen sesudas reflexiones sobre el libro de filosofía política que acaba de llegar.

Esa estructura se usa, a veces, para pinchar, con el punzón de la ironía, al propio autor, que no se engaña sobre su posición en el mundo. Nos cuenta de una joven que se abochorna por haber pedido en una librería un Kamasutra de bolsillo, al ver que la dependienta lo airea a voz en grito; y que se pega a él, buscando respetabilidad, ¡a él, que acaba de comprar un libro de estrategia militar publicado en la Cartagena en 1968!

Con el apogeo diarístico actual, Nada en las manos podrá pasar, incluso para los aficionados al género, por una gota más en el agitado mar de tantas novedades editoriales. Su apuesta, sin embargo, por la tradición menos transitada de la glosa dorsiana y su reivindicación de una estirpe levantina —Azorín, Miró—, lo hace un caso particular. Su capacidad divulgativa, su lirismo sostenido, su valentía moral y una gracia constante convierten a este pequeño diario en un libro que permanecerá. (O debería.)

Enrique García- Máiquez