Domingo, 14 mayo 2017

18 años después

Siempre resulta curioso regresar a un lugar conocido tiempo atrás;quizá porque nuevos motivos, nuevas rutas, nos reconducen en nuestros viajes… ¿Acaso de descubrimientos casuales, quizá de reencuentros buscados? No siempre resulta grato volver a pisar las mismas calles, recorrer los mismos espacios; pero en otras ocasiones sí lo es, poder comprobar que en ellos permanecen sus gentes, la misma música y las mismas piedras esperan tras el paso del tiempo. Nuestro regreso.

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Esto me ha ocurrido con mi regreso a Orense, 18 años después de mi primera visita. Acudo a la ciudad por motivos distintos a los de entonces pero lo hago con la esperanza de encontrar el lugar en el que descubrí, por azar, una exposición de instrumentos musicales del mundo. Aquella ocasión me conmovió enormemente; había quedado en mi recuerdo la impresión de lejanos lugares unidos en un instante, en un espacio, gracias a la muestra de instrumentos: África y la India, Perú, Suecia, Nepal…Son esas ocasiones en las que cuesta comunicar con palabras ciertas impresiones, y que hacen que la belleza de lo mínimo, la sorpresa de lo anónimo, generen un análisis subjetivo, único, pero muy profundo.

Así que regreso, casi dos décadas después, recordando los infinitos sonidos que imaginé que residían en ellos, la totalidad de costumbres y de océanos que habitaban en sus formas; la llegada a Orense me trajo entonces – no sé porqué- aromas del mar Mediterráneo junto al que me había criado, o quizá del dulzor de los pétalos que descubrí en la densidad de los bosques de Sintra; dos días en esta ciudad supusieron, también, instantes de tristeza: la nostalgia que envuelve al paseante al observar rincones del pasado no ya detenidos, sino olvidados. Unas veces, sí, pudieran parecer instantes congelados; pero otras son fachadas que, sin consuelo, perecen con el paso del tiempo.

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Pero estos momentos también me entregaron sonoridades nuevas, culminando en el “sueño” de aquella exposición de instrumentos; en las pieles de los tambores, en la belleza de sus maderas, en la ordenación de sus cuerdas tensadas con la paciencia más diestra, sentí que todo se podía condensar.

Pero en realidad, ¿por qué hablo de “sueño”? Debido a que ha pasado mucho tiempo y regreso a la misma ciudad con la idea de hallar “aquel” lugar en el que descubrí aquella muestra, localizar cuál era el edificio, ya que mi búsqueda en la Red no ha dado el resultado esperado…Paseo por las calles de entonces, pregunto a sus gentes, y encuentro tres edificios cerrados, por motivos diversos; y siento en mí un peso, un vacío, la inquietud del paseante que, tras recorrer durante horas una ciudad, no encuentra el objeto que persigue y piensa que, quizá, aquella visita primera, aquellos instrumentos, no habían sido reales, sino ensoñados.

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Regresaré, quizá, algún día con la esperanza de sentir y vivir lo que sentí y viví, encontrar alguna pista, alguna estela, que me conduzca a ellos; y pienso que en esta vida -que todos intentamos formular y fragmentar, en la que se amontonan y entrelazan los recuerdos-, la clave reside en captar y conservar el instante vivido (como lo hacían las cuerdas y la pátina de las superficies de aquellas piezas detenidas en el tiempo), la contemplación, el instante que fue real. Porque descubrimos que éste no regresará jamás: sino que se quedará en nosotros, en la“urna” de nuestra memoria, por siempre. Embelesados.
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