Martes, 18 abril 2017

¿Por qué elige el agresor sexual a una víctima y no a otra?

En alguna ocasión, todas las personas que, de un modo u otro estamos relacionadas por nuestra profesión con la Criminología nos hemos planteado la pregunta: ¿Qué hace que un agresor sexual elija a una mujer desconocida u otra con la intención de llevar a cabo la agresión?   Por supuesto, que se deben dar un cúmulo de circunstancias, fundamentalmente de oportunidad, es decir, el lugar y el momento determinan el tipo de agresión. El agresor hará lo que esté en su mano, salvo que no pueda controlar sus impulsos, por elegir el tipo de escena donde cometer la agresión. Normalmente tendrá en cuenta algunos aspectos:

  • Buscará un lugar que le proporcione intimidad para no ser molestado mientras comete la agresión
  • Intentará tener seguridad para no ser frustrado su ataque ni por la víctima ni por terceros
  • Buscará, también, discreción para no ser identificado, evitando así las consecuencias penales del hecho; etc.

En la medida en que pueda encontrar un lugar que cumpla esas características y tenga la oportunidad de acceder a una víctima vulnerable, (y, siempre que su motivación sea tan potente que le lleve a agredir), es muy probable que cometa el hecho.

Pero, la pregunta que nos planteamos es: en cuanto a las características de la víctima en sí, si pudiera elegir, ¿qué mujer elegiría?. Entre las muchas teorías que podemos encontrar al respecto, Independientemente de la idiosincrasia personal del victimario, algunos enfoques de tipo biológico afirman que existen ciertos factores completamente arraigados en lo más profundo de la forma de ser de los individuos y que tienen mucho que ver con la biología. Me gustaría hacer hoy una pequeña reflexión al respecto.

Desde la aparición del controvertido ensayo “El gen egoísta”, de Richard Dawkins (Salvat Editores, 2002), cuya afirmación inicial sostenía que “somos (los seres humanos) máquinas de supervivencia, autómatas programados a ciegas con el fin de perpetuar la existencia de los egoístas genes que albergamos en nuestras células”, muchos aspectos relacionados con la bio-fisiología nos llevan a  pensar que, tal vez, este profesor de Etología de la Universidad de Oxford no esté muy desencaminado. Por ejemplo, el rostro de una mujer atractiva tiene la mandíbula inferior corta, lo que indica un bajo nivel de testosterona, a la vez que unos labios carnosos nos indican un elevado nivel de estrógenos. Si unimos ambos aspectos, un bajo nivel de testosterona y un alto nivel de estrógenos, nos encontramos ante un muy probable índice de fertilidad.

Del mismo modo podríamos integrar en la explicación los sistemas conductuales de activación y de inhibición (BAS/BIS, según sus siglas en inglés: Behavior Activation System y Behavior Inhibition System). El BAS sería aquel sistema de funcionamiento cerebral orientado a la satisfacción de motivos apetitivos y el BIS el orientado a la evitación de motivos aversivos. Si un agresor muestra un BAS tan potente que su BIS es incapaz de inhibir su conducta, y se dan ese cúmulo de circunstancias antes aludidas, es muy probable que se produzca la agresión. Por el contrario, si el BIS es más potente que el BAS, el sujeto inhibirá su conducta, aunque se den el resto de circunstancias. Para entender cómo funcionan estos procesos, es necesario un conocimiento de los sistemas corporales (que funcionan gracias a una compleja maquinaria neutral y endocrina) que subyacen a la conducta.

Pero, no olvidemos que, en la medida en que incluimos más variables, el fenómeno de la agresión resulta más complejo, por lo que, una vez más, debemos insistir en que hay que evitar cualquier simplificación al tratar de explicar el comportamiento humano, incluido el referido a las razones para cometer una agresión sexual.

Siempre habremos de considerar, entonces, los factores individuales (psicológicos, fisiológicos, biológicos, etc.) de cada uno de los individuos participantes, victimario y víctima, además de factores, sociales, ambientales, criminológicos, etc. que influyen en la generación del delito.

Por supuesto, jamás deberemos simplificar si pretendemos comprender la conducta humana, tan compleja siempre. Es por ello que comenzamos este comentario afirmando que se deben dar un cúmulo de circunstancias. Basta para que alguna de ellas falle o no esté presente para que la agresión seguramente no tenga lugar. Pero, en la medida en que tenemos en cuenta la mayor cantidad de variables relevantes, más cerca estaremos de la comprensión de la violencia.