Domingo, 19 marzo 2017

Psicología de la vejez

El cuerpo se encuentra cansado, deteriorado, más lento, maldiestro, desairoso y feo, bien distinto de como lo querríamos conservar toda la vida. Esta es la imagen del cuerpo viejo. No obstante, el cuerpo envejecido, tiene y expresa sentimientos, emociones, necesidades, sensaciones. No son las modificaciones físicas, sino la manera de interiorizar las sensaciones que éstas producen lo que determina cómo vive y siente un cuerpo anciano.

Estas modificaciones que discapacitan, son negativas, pero no inutilizadoras. Ante las necesidades, debemos resituar y readaptar a cada momento las situaciones que se presentan.

Deberíamos diferenciar el proceso de envejecimiento, que es una etapa más del ser vivo, del proceso de senectud donde se da el proceso de envejecimiento de una manera patológica y/o enfermiza. Una vejez sana es aquella que se vive en un estado global de autosuficiencia. Una vejez senecta se da en una negación del cuerpo que provoca una falta progresiva de sintonía entre la imagen corporal y la mental, en relación a la situación real, hecho que provoca un desequilibrio mental y psicológico.

A lo largo de la vida, cuando hablamos del envejecimiento biológico, el organismo sufre una serie de cambios y modificaciones que afectan a los aparatos, órganos y sistemas. Estos cambios se hacen más patentes a partir de una edad determinada y se manifiestan tanto en la apariencia física -la estatura disminuye, las articulaciones se deforman, flaccidez de la piel, pechos, manos, calvicie, aparecen las arrugas…- como en la capacidad de respuesta intelectual -las funciones nerviosas se ralentizan afectando a la percepción y a otros mecanismos-. Cada individuo se adaptará según su personalidad. La no aceptación o la falta de reconocimiento de los cambios puede influir en la psicología del que envejece, provocando actitudes de rechazo, introversión, aislamiento, que pueden comportar la desintegración social.

En el primer caso la sociedad aún discrimina a los viejos por el sencillo hecho de serlo. Los ve como personas en decadencia, enfermas -la vejez no es una enfermedad-, inútiles, asexuadas y por tanto, sus necesidades afectivas, económicas y sociales no deben ser tenidas en cuenta en su profundidad. La vejez es mal vista y menospreciada socialmente; un claro exponente lo encontramos en la vida cotidiana de las personas mayores hoy en día. Las atenciones a la vejez se desarrollan en el ámbito de las prestaciones sociales, al lado de los colectivos marginales como son: la infancia maltratada, los discapacidad…

La vejez tiene un espacio propio, y cada vez la acción social de los profesionales pretende mejores intervenciones profesionales que ayudan a situaciones hasta hace bien poco marginales. Debemos incidir en una consciencia social de evolución del hombre a lo largo de su vida, y este hecho debe ayudar a las personas a preparar su envejecimiento.

Consecuentemente, la persona que envejece todavía le cuesta ver el envejecimiento como un estadio positivo, hecho que le lleva a la no aceptación de su situación, y de rebote, a la automarginación.

Ambos factores, biológico y social, inciden sobre la psicología del mayo al mismo tiempo que la generan. Esta psicología, a pesar de las características individuales y particulares, determina unas actitudes generalizables a todos los mayores. Actitudes que suelen mostrar rechazo a los cambios físicos, miedo a la ralentización de procesos intelectuales y a los cambios sexuales y que se traducen en:

-Desinterés hacia cosas y objetos nuevos, a causa de la falta de perspectivas o de la escasa posibilidad de acceder a los nuevos cambios.

-Tendencia a la introversión que comporta el aislamiento. Obsesión por los cambios físicos que llevan a la persona a la hipocondría.

-Sentimiento de inferioridad ante los más jóvenes, hecho que provoca agresividad, autoritarismo e intransigencia.

-Atención especial a los cambios orgánicos, esencialmente los que afectan a la sexualidad.

 

El grado de incidencia de éstos dependerá de la relación que el mayor tenga con su entorno -amigos, familia, rol social, expectativas de vida…-. Entre estos factores las pérdidas, el duelo, la depresión, el nivel de autoestima, la vivencia de la imagen corporal, la sexualidad; son los que más influyen en la personalidad de la persona mayor.

Perder significa: dejar de tener, estar privado de. Estar privado de una parte de sí, de una facultad, de una capacidad física o moral, verse privado de alguien por causa de la muerte. Analizando estos conceptos vemos que la persona mayor vive en un proceso de pérdida continua que le obliga a elaborar una readaptación constante de su situación.

Con la jubilación, la persona deja el status de ser un individuo capaz de producir socialmente, pierde un espacio de relación humana y parte de su red social cotidiana. Todo ello provoca un estado anímico de angustia. Así, se pasa de ser un sujeto activo, productivo, por tanto reconocido socialmente, a ser un sujeto pasivo no productivo y no reconocido socialmente, aunque no en todos los casos.