Martes, 16 mayo 2017

El gran reto europeo: creer en los propios valores

La historia de la integración europea tras la Segunda Guerra Mundial ha sido la historia de un éxito que ha superado con creces las expectativas más optimistas. Hemos asistido al periodo de libertad, paz y progreso más largo del que ha disfrutado el viejo continente.

Veamos cuáles han sido sus pilares. En el terreno filosófico la defensa por parte los padres fundadores del proyecto europeo de una determinada concepción de la persona como ser ante todo libre y responsable, titular de derechos fundamentales y de una dignidad previos a lo político. En el escenario político el reconocimiento histórico de la soberanía de los Estados miembros como principales garantes de la igualdad ante la ley de los ciudadanos. En el marco económico la apuesta por la liberación económica, la integración de los mercados y la construcción de escenarios atractivos para las inversiones, mediante reglas de juego claras y estables. En el contexto social el desarrollo de unas sociedades de las oportunidades amparadas en la estabilidad institucional, el respeto a la propiedad privada, la educación y la existencia de capital humano, auténticos motores del desarrollo social y de la producción de bienestar. En el orden internacional una estrecha relación transatlántica como elemento imprescindible de seguridad y defensa.

Y muchas son las muestras claras de este triunfo. Por una parte, la progresiva consolidación en el viejo continente de la democracia liberal como forma de gobierno en la que los gobernantes son elegidos y las decisiones políticas se encuentran sujetas a normas en lo que conocemos como Estado de Derecho. Por otra, la derrota de los totalitarismos comunista, fascista y nacional-socialista, que no han sido más que experimentos perversos de ingeniería social basados en la negación de la idea de persona que está en la base de Occidente. Y sin olvidar el afianzamiento de unas sociedades abiertas, libres y prosperas que atraen inversiones, generan crecimiento, incentivan a los emprendedores, crean empleo y reducen la pobreza. Unas sociedades, en resumidas cuentas, del bienestar y de las oportunidades.

Sin embargo, este éxito de Europa no es una conquista asegurada para siempre. Es necesario afrontar los retos y desafíos a los que se enfrentan los valores y principios que sustentan a Europa, así como revitalizarlos en un contexto internacional que ha cambiado notablemente.

En materia demográfica, dos son las tendencias que están en el horizonte de la Unión Europea en la primera mitad del siglo XXI: la esperanza de vida de los europeos aumentará y las tasas de natalidad seguirán por debajo del nivel requerido para el mantenimiento de su población. Tanto en términos absolutos como relativos, la unión de estas dos tendencias se traducirá en un descenso drástico de la población laboral europea, que solo de modo parcial se compensará por la inmigración. Y la consecuencia más inmediata será el progresivo crecimiento de la ratio de dependencia de personas mayores.

Igualmente, la existencia de flujos migratorios de considerable magnitud hacia Europa plantea importantes retos a los sistemas económicos, sociales y políticos de los países de esta región. Afecta a todas nuestras variables macroeconómicas y repercute sobre nuestros valores. Los sistemas de protección social de las sociedades receptoras se encuentran entre los principales afectados por estos flujos.

Europa es, sin duda, una zona del mundo prospera y con un alto nivel de bienestar. Pero no es un área tan competitiva y dinámica como aspiramos, en especial si la comparamos con otras: los Estados Unidos, China o la India, a pesar de los problemas de pobreza o falta de libertad que hay en estos dos últimos países. Es cierto que en Europa se vive mejor que en ellos. Pero no hay el dinamismo que queremos.

Solo una Nueva Agenda Económica con objetivos claros como la apertura al mundo y el aprovechamiento de las oportunidades derivadas de la globalización, el fomento de la confianza y el espíritu emprendedor, la eliminación de las barreras pendientes, la actuación contra el nacionalismo económico o el refuerzo del mercado interior podrá ser el instrumento para abordar el horizonte de los próximos años, un horizonte en el que Europa puede jugar con ventaja si se constituye en un área económica integrada.

Europa ha sido históricamente el lugar donde vieron la luz y arraigaron unos valores políticos y sociales que son fruto de una larga tradición: la antigüedad clásica y la herencia judeo-cristiana. Esos valores se han extendido a otras partes del mundo, gracias a procesos históricos bien conocidos. Una característica de esos valores es que tienen vocación de universalidad. Proclaman su validez para todas las civilizaciones y culturas, en toda circunstancia y lugar.

Hoy día, dentro y fuera de Europa, esos valores y principios están cuestionados. Y la manifestación más expresa de su cuestionamiento es el relativismo moral imperante. Relativismo para el que la paridad entre hombres y mujeres sólo vale para nosotros, la democracia es una costumbre occidental, la libertad de la sociedad civil sólo es válida entre nuestros muros y las instituciones libres sólo son buenas para nosotros.

El gran reto al que se enfrenta Europa y en gran medida todo Occidente es creer en los propios valores y en su predicamento universal. Y fuera de nuestras fronteras la extensión de la libertad y la democracia. Este es no sólo un deber ético, sino un desafío existencial. Procurar la libertad y la democracia para el mayor número de naciones y personas no es sólo un imperativo moral, también es un interés de primer orden para Europa.