Martes, 14 marzo 2017

Cohesionar al grupo familiar para enfrentar los retos sociales de manera conjunta

Los programas de intervención sociofamiliar tratan de reducir tanto aquellos factores de riesgo presentes en la familia como reforzar los factores positivos o de protección. El objetivo no es otro que lograr el empoderamiento de los miembros familiares ante los problemas que pueda enfrentar ésta.
Cierto es que muchos modelos de intervención están centrados en la resolución de problemas específicos ante una demanda concreta. Sin embargo, organizar la intervención más allá de posibles chivos expiatorios y generar competencias en los distintos miembros de la familia permitirá enfrentar los retos de manera conjunta y, así, redundará positivamente en la cohesión familiar. De hecho, apostar por el trabajo conjunto es acercarse a un tipo de intervención que no aísla las problemáticas, ni busca culpables, sino que se centra en el campo de la cooperación, el desarrollo mediante la búsqueda de vínculos y, sobre todo, se basa en las sinergias que se puedan generar mediante la actuación integral.
En la intervención social con familias contamos con múltiples modelos en esta línea. Quizás uno de los más utilizados sea el modelo sistémico, puesto que ha desarrollado que cada persona se encuentra dentro de un sistema y la acción sobre una de las partes afecta al sistema completo. Sus aportaciones se centran, principalmente, en que presta atención a las interacciones y evita explicaciones únicamente causa-efecto; los problemas surgen como resultado de dichas interacciones y no son atributos de las personas; se centra en las adaptaciones a las que está sometida cualquier persona en su entorno más cercano; más que ubicar el centro de la problemática en una persona en sí misma lo hace entre aquellas que forman parte del sistema y, de esta manera, son inter-actuantes; tiene en cuenta la subjetividad que se construye dentro del propio sistema, entre otros elementos. A pesar de su amplia difusión, no debemos olvidarnos que sobrevalora en exceso el equilibrio y tiene poco en cuenta las tensiones y el cambio.
Aunque dicho modelo es recurrente en la intervención con familias desde distintas disciplinas, es pertinente exponer que en el trabajo con éstas hay que prestar mucha atención también al sistema sociocultural en que se encuentra inmerso. De hecho, no puede reducirse la intervención única y exclusivamente al núcleo familiar, y se vuelve así pertinente abrir el campo al sistema más amplio para poder reforzar aquellos factores que puedan revertir positivamente. Un claro ejemplo es cuando trabajamos con menores. Aun reconociendo que el trabajo con sus familias es vital para el desarrollo del menor, la relación con otras entidades o grupos –bien sean asociaciones culturales, deportivas, la escuela, o el mismo grupo de amigos- va a permitirnos construir un espectro más amplio de oportunidades y posibilidades.
Por lo tanto, los retos sociales en los que nos encontramos inmersos en la época actual, que se presentan mediante cambios constantes y acelerados, es preciso afrontarlos mediante una intervención que trate de cohesionar al grupo familiar, pero evitando también caer en el reduccionismo de que la familia es el sistema en el que únicamente debe asentarse el proceso de intervención.